Donald Trump llegará a su encuentro con Xi Jinping en Beijing con una certeza incómoda, todavía puede hacer daño, pero ya no puede dictar las reglas del juego. Su repertorio es conocido, ruidoso y políticamente poco eficaz ante su electorado: aranceles, amenazas, controles tecnológicos, presión sobre bancos, sanciones secundarias, restricciones financieras, advertencias sobre chips, software y semiconductores. Es una caja de herramientas poderosa, pero no es un as en la manga. Casi todas esas herramientas tienen un defecto estructural, dañan también a quien las usa. En la relación entre Estados Unidos y China, la coerción económica dejó de ser una calle de una sola mano. Se convirtió en una avenida de doble circulación, cargada de obstáculos, desvíos y costos colaterales.
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