Colonias, semicolonias, países dependientes

A raíz de las notas sobre la guerra en Ucrania me han preguntado por la diferencia, establecida por Lenin, entre colonia, semicolonia y país dependiente. Dedico esta entrada a esta cuestión, que está vinculada a la problemática de la llamada liberación nacional (lo he tratado también en Economía Política de la dependencia y el subdesarrollo, del que reproduzco algunos pasajes).

La colonia

Empezamos señalando que el rasgo distintivo de las colonias es la imposición de una minoría extranjera sobre una población nativa, a partir de una relación de fuerza y violencia directa. Como destacó Hobson (1902), históricamente la ocupación colonial la realizaba una minoría de funcionarios, comerciantes y organizadores industriales, asentada en el poder militar. Esa minoría ejercía un poder económico y político sobre grandes masas de población, a las que se consideraba inferiores e incapaces de autogobernarse política o económicamente.

De manera distintiva, la extracción del excedente no ocurría principalmente vía una relación económica “libre” entre el capital y el trabajo, sino por coerción político-militar, o extraeconómica. Por eso, en los escritos de Lenin referidos a las colonias abundan términos como “robo”, “pillaje”, “saqueo”. Esto es, la violencia, la opresión manu militari directa, era esencial para la existencia de la relación de explotación colonial: producción y transporte con el uso compulsivo de mano de obra –trabajadores de plantaciones, portadores de cargas en África; economía de trata, que consistía en el monopolio comercial del país dominante sobre monocultivos; elevados impuestos establecidos por la potencia colonial sobre los campesinos y artesanos; y acaparamiento de tierra por los colonos. A las clases burguesa o pequeñoburguesa no se les permitía comerciar libremente con otros países; tampoco podían tomar decisiones políticas, económicas, diplomáticas con un mínimo de autonomía. En síntesis, la sociedad nativa era dominada por un aparato militar, político y administrativo, y mantenido con una violencia que podía llegar al etnocidio.

 Es a partir de esa relación de explotación que el socialismo revolucionario levantó la demanda de liberación nacional, que significa la autodeterminación política y la constitución de un Estado soberano. “El significado de la demanda de liberación nacional deriva de la naturaleza de la relación colonial o semicolonial, ya que se trata de obtener el derecho a la autodeterminación política y a la existencia de un Estado separado” (Lenin, 1973). Se trata de una demanda democrático-burguesa, del mismo tenor que otras reivindicaciones democráticas, como el derecho al voto, o al divorcio. La autodeterminación constituye un derecho formal, pero de consecuencias económicas, ya que la constitución de un Estado independiente termina con el pillaje y el robo del país sometido por medios extraeconómicos. Por eso también, la autodeterminación genera mejores condiciones para el desarrollo capitalista (véase ibid.). En estos casos cabe hablar de la explotación “del país”, de conjunto; o referirse a la clase burguesa nativa como una clase “semi-oprimida”, como alguna vez dijo Trotsky (véase bibliografía).

La semicolonia

La semicolonia representa un caso intermedio entre la colonia y el país dependiente. Son países con gobiernos que desde el punto de vista formal son independientes, pero están sometidos a dominio político-militar directo por parte de las potencias extranjeras, sea con ocupación parcial del territorio, o bajo amenaza permanente de ocupación. Por ejemplo, China es mencionada por Lenin como un típico país semicolonial. Es que al finalizar la Primera Guerra del Opio, y a través del Tratado de Nankín (1842), Gran Bretaña obligó a China a abrir sus puertos al comercio; pagar fuertes indemnizaciones por la guerra; ceder Hong Kong. Esta situación impulsó a Estados Unidos, Francia y Rusia a buscar beneficios similares a través de diversos convenios. Se conocen como los “Tratados Desiguales”, por los cuales China tuvo que abrir más puertos y renunciar a la imposición de tarifas aduaneras. También se la obligó a otorgar privilegios extraterritoriales a los súbditos de las potencias; a crear tribunales o cortes mixtas para resolver los conflictos entre chinos y extranjeros; y aceptar la instalación de destacamentos militares extranjeros en su territorio. Los “asentamientos” eran enclaves en los cuales los extranjeros tenían la administración del orden público y la defensa militar, de las cuales quedaba excluido el gobierno chino. A su vez en las “concesiones” los extranjeros podían adquirir propiedades, pero no así los chinos. Todavía a principios del siglo XX el gobierno chino estaba obligado a ceder la administración de impuestos destinados al pago de la deuda a agentes extranjeros. Sin embargo, formalmente, seguía habiendo un gobierno chino.

Turquía era otro caso de país semicolonial. Así, con el argumento de proteger a las minorías religiosas (cristianos y judíos) Gran Bretaña, Francia y Rusia obligaron al gobierno turco a conceder derechos de extraterritorialidad a los súbditos europeos; a ceder el derecho a las potencias de utilizar sus propios servicios postales; y a aceptar condiciones impuestas por los inversores extranjeros. Esto sin contar que el Imperio Otomano fue desmembrado por las potencias.

También se pueden considerar países semicoloniales (o cercanos a una colonia lisa y llana) muchas naciones caribeñas y centroamericanas a principios de siglo XX. Así, en 1901 Cuba se convirtió en un protectorado de EEUU; en 1903 se creó el Estado de Panamá por injerencia directa del gobierno estadounidense; y entre 1898 y 1920 las tropas yanquis intervinieron en veinte ocasiones distintas en el Caribe. “… de acuerdo con un informe publicado en 1924, catorce de las veinte naciones latinoamericanas tenían entonces alguna forma de presencia norteamericana directa, incluido el control de sus agencias financieras” (Smith, pp. 166-7).

Es claro que en los países semicoloniales también está planteada la demanda de la liberación nacional.

Interludio sobre las formas de extracción del excedente

Más arriba señalamos que en los países sometidos a una relación colonial (o semicolonial) la extracción del excedente opera mediante la coerción extraeconómica. No se trata de una cuestión menor, ya que “es solo la forma en que se expropia ese plustrabajo lo que distingue las formaciones económico-sociales, por ejemplo, la sociedad esclavista, de la que se funda en el trabajo asalariado” (Marx, 1999, p. 261, t. 1). Por caso, en los regímenes precapitalistas “se arranca el plustrabajo por medio de la coerción directa”, pero en el capitalismo es mediante la venta ‘voluntaria’ de la fuerza de trabajo” (ibid., p. 617, t. 1). En el tomo 3 Marx vuelve sobre el tema: “La forma económica específica en la que se extrae el plustrabajo impago al productor directo determina la relación de dominación y servidumbre, tal como esta surge directamente de la propia producción y a su vez reacciona en forma determinante sobre ella. (…) En todos los casos es la relación directa entre los propietarios de las condiciones de producción y los productores directos… donde encontraremos el secreto más íntimo, el fundamento oculto de la estructura social, y por consiguiente también de la forma política que presenta la relación de soberanía y dependencia, en suma, de la forma específica del Estado existente en cada caso”. (ibid., p. 1007, t. 3). Esta especificidad del modo de producción capitalista no debiera ser pasada por alto cuando se discute la diferencia entre una colonia y un país políticamente independiente.

Agreguemos que, en el enfoque de Marx, la extracción del excedente por medios económicos –el obrero vende su fuerza de trabajo según las leyes del mercado, por lo cual entrega plustrabajo gratis- es históricamente progresiva en relación a la extracción por medio de coerción extra económica: “Es uno de los aspectos civilizadores del capital el que este arranque ese plustrabajo de una maneras y bajo condiciones que son más favorables para el desarrollo de las fuerzas productivas, de las relaciones sociales y de la creación de los elementos para una nueva formación superior, que bajo las formas anteriores de la esclavitud, la servidumbre, etcétera. De esta suerte, esto lleva por un lado a una fase en la que desaparecen la coerción y la monopolización del desarrollo social (inclusive de sus ventajas materiales e intelectuales) por una parte de la sociedad a expensas de la otra; por el otro, crea los medios materiales y el germen de relaciones que en una forma superior de la sociedad permitirán ligar ese plustrabajo con una mayor reducción del tiempo dedicado al trabajo material en general, pues con arreglo al desarrollo de la fuerza productiva del trabajo, el plustrabajo puede ser grande con una breve jornada laboral global…” (ibid. p. 1043, t. 3).

Los países dependientes

La autodeterminación nacional significa el derecho a la existencia de un Estado soberano. Pero ello no anula la dependencia económica que el país tiene con el mercado mundial y el capital extranjero. Por ejemplo, la independencia de Noruega con respecto a Suecia (a principios del siglo XX) no afectó a su dependencia económica, ya que esta derivaba del sistema financiero capitalista en su totalidad; el cual no podía desaparecer en tanto se mantuviera el capitalismo. Por eso, la demanda de autodeterminación, o liberación nacional de Noruega, desde el punto de vista económico, no tenía sentido. Lo mismo ocurría con otros países que se emancipaban del yugo colonial. Aunque no por eso la liberación nacional dejaba de tener implicancias económicas, ya que permitía la formación de Estados independientes y terminaba con el pillaje y el robo vía coerción extraeconómica. Esta última constituye una forma bárbara que bloquea, en el mediano o largo plazo, cualquier tipo de desarrollo económico capitalista.

En este sentido, tenía razón Lenin al señalar que Argentina, por caso, no era, a principios de siglo XX, un país colonial o semicolonial. Para ver la diferencia con las colonias o semicolonias: cuando, en 1876, Egipto defaulteó la deuda, el gobierno fue obligado a crear una Caja de Deuda Pública, controlada por británicos y franceses, y luego a ceder el control del Canal de Suez. Y en 1882, ante la emergencia de un movimiento nacionalista, el país fue ocupado militarmente por tropas inglesas. Pero esta no fue la situación de Argentina. “El Gobierno británico no ha tenido jamás el poder para obligar a Argentina a pagar una deuda, a pagar un dividendo, a exportar o importar un bien cualquiera. (…) Todas las crisis de las relaciones económicas y financieras de Gran Bretaña y Argentina se han resuelto en términos económicos y financieros… no mediante la intrusión de un poder político” (Ferns, citado por Smith, 1984, p. 41). Esto, por supuesto, no niega la superioridad económica británica y la dependencia económica de Argentina.

Tampoco eran colonias las otras naciones sudamericanas, aunque muchas dependieran económicamente de Gran Bretaña. “El reconocimiento británico de las repúblicas independientes asumió típicamente la forma de acuerdos comerciales que obligaban a los Estados latinoamericanos a practicar el libre comercio” (Smith, 1984, p. 46). En nombre del libre comercio los británicos exigían participar en los mismos términos que otros países y no ser discriminados frente a las empresas nacionales. Pero esto no convertía a estos países en colonias. Otros casos de países dependientes eran, a principios de siglo XX, Serbia, Bulgaria, Rumania, Grecia y Portugal. Actualmente la mayoría de los países atrasados pueden considerarse “dependientes”, no colonias.

Destacamos por último que la desaparición de la extracción del excedente vía militar, o por la violencia directa, significa que ya no puede hablarse de explotación “del país” de conjunto, en la medida en que es la clase capitalista local participa de la explotación del trabajo local o extranjero en las mismas condiciones formales que los capitalistas extranjeros. Pierde sentido, por caso, hablar de la burguesía argentina, o chilena, etcétera, como una clase “semi oprimida”. Por eso el antagonismo de clase -antagonismo entre el capital y el trabajo- adquiere un rasgo mucho más definido en el país dependiente que en la colonia.  

El término “neocolonial”

En base a lo explicado hasta aquí, es un error considerar que los países que han conseguido liberarse del colonialismo ahora son “neocolonias” o “semicolonias”. Con estos términos, y como señalaba Warren (1973), se quiere decir que con la independencia política no se modificaron las condiciones para el desarrollo de los países periféricos. Así, la conquista de la independencia es rebajada en lo que hace a su significación histórica. Las luchas de liberación triunfantes, desde la independencia de América Latina, no habrían logrado ningún avance real. En consecuencia se reivindica una “segunda independencia” y la “liberación nacional”, ya no entendida, como sucedía en Lenin, como una conquista política, sino como una liberación económica de los países oprimidos. El problema con esta concepción es que no está definido por qué y cómo se produce la explotación de un país adelantado sobre un país dependiente. Y la explotación colonial tal como ocurría hasta entrado el siglo XX hoy es jun fenómeno residual. Por eso el término “dependencia” no debería ser utilizado en el sentido de denotar una relación de explotación entre países”.  

Por su parte, y refiriéndose a la independencia formal, Smith (1984) señala con razón que “el uso de la palabra ‘neocolonial’ resulta engañoso en la medida en que insinúe, como aparentemente lo hace para muchos, que son triviales las distinciones existentes entre la posición independiente y la posición colonial” (p. 71). La existencia de un Estado nacional aísla a la sociedad local frente al sistema internacional con mayor eficacia que una colonia; los lazos extranjeros con grupos locales se restringen más a intereses económicos; los funcionarios del Estado tienden a actuar a favor de los extranjeros solo cuando coincide con sus propios intereses; y hay mayor capacidad para tomar medidas para beneficio local (véase ibid.).

Más en general, la entrada de capitales extranjeros termina promoviendo el fortalecimiento de una burguesía local (como había previsto Marx que ocurriría en India con la llegada de los ferrocarriles británicos) y con ella el surgimiento de movimientos nacionalistas. Después de la Primera Guerra mundial, y con el estímulo de la Revolución Rusa, crecen, entre otros, el Partido del Congreso Nacional de la India; el nacionalismo turco encabezado por Mustafá Kemal; y en otros países de Asia y África. Proceso que se intensificó al finalizar la Segunda Guerra, y durante toda la posguerra. “… durante los dos decenios siguientes a la Segunda Guerra se liberó de la dominación colonial la tercera parte de los habitantes de la Tierra, ya que por todas partes se destruyeron las redes de grupos locales que habían formado el pilar político de la dominación europea de ultramar –las aristocracias nativas, las minorías étnicas, los comerciantes locales, los évolués locales-, o bien se convirtieron en oponentes de la presencia extranjera” (p. 152).

Para terminar: la invasión de Ucrania por Rusia apunta a la desaparición de la primera como nación independiente. De ser derrotada Ucrania el país retrocedería a un status de colonia, o semicolonia, ocupado militarmente y con algún gobierno títere designado por Moscú. Una situación que representaría un revés en el plano de las libertades democrático-burguesas y en la lucha por superar el nacionalismo. Los socialistas no deberían menospreciar, u ocultar, la importancia de las luchas por la autodeterminación nacional. Pero para esto es imprescindible distinguir las colonias de los países que se constituyeron como naciones políticamente independientes. 

Rolando Astarita [Blog]

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